En el noroeste de Nepal se esconde un pequeño territorio que, aunque pertenece al país, parece vivir de cara al Tíbet y de espaldas al resto del mundo. Es el antiguo reino de Mustang, una tierra árida, silenciosa y poderosa, donde el budismo y la cultura tibetana siguen latiendo con una pureza que, según el propio Dalai Lama, ya no se encuentra ni siquiera en el Tíbet.
Sus habitantes, acostumbrados a la dureza del clima y a un terreno que no regala nada, han sabido sobrevivir cultivando pequeñas parcelas y comerciando con la sal. No es el Nepal de las grandes montañas que todos imaginamos, sino un paisaje más seco, más salvaje y profundamente humano. Un rincón remoto del Himalaya que durante años estuvo cerrado a los extranjeros, y quizá por eso ha conservado intacta su esencia. Aunque, con la reciente carretera que lo conecta con el resto del país, este equilibrio ancestral empieza poco a poco a transformarse.
Mi sueño de conocer Mustang por fin se hizo realidad en octubre de 2022. Llevaba tiempo queriendo visitarlo, pero las circunstancias y la necesidad de un permiso especial —que además no es precisamente barato y cambia de precio según el año— lo habían ido retrasando. Ese mismo año, coincidió además con un momento histórico: la apertura de la pista que permite el paso de vehículos a la región.
Recorrimos Mustang en 4×4, visitando distintos pueblos y monasterios. Hasta hace poco, la única forma de hacerlo era a pie, mediante un trekking. Sin duda, caminar por estas tierras es una experiencia fascinante, pero ahora muchos tramos del sendero coinciden con la nueva carretera, y eso le resta parte del encanto al recorrido a pie. En cambio, el acceso por carretera permite disfrutar de una manera más cómoda y completa de los paisajes, los contrastes y las gentes de esta región tan especial.
Para mí fue un viaje profundamente gratificante: las distancias son asequibles, las carreteras (aunque aún rústicas) ya permiten moverse con cierta facilidad, y lo que uno encuentra allí —los paisajes, los colores, la calma y la amabilidad de su gente— es simplemente espectacular.
La cultura que se respira es intrínsecamente tibetana. Y por supuesto se saluda con el «Tashi delek». Es un valle que culturalmente ha conservado sus tradiciones frente a otras partes de Nepal. Por ello, para mi es un lugar muy interesante, ya que al visitarlo también uno pasa por el querido kathmandu y la zona de Pokhara. Una mezcla de hinduismo y budismo, himalaya y cultura perfecta.


